El sexo y yo

Les cuento...

Para mi, esto:



es mucho más erótico que esto:


¿No les parece?

(ambas imágenes son de http://nakedness.tumblr.com/)




PD: estoy de vuelta, señores

La verdad sobre las barbas


Hay pocas máximas irrefutables en esta vida. Una de ellas es que las mujeres no tenemos puta idea de lo que queremos. La que diga que sí, está mintiendo.

Otra verdad absoluta es que a las mujeres nos parece atractivo el tipo “chico malo” desde James Dean y no podemos evitarlo, es culpa de Hollywood, como la mayoría de los males de la sociedad moderna.

Y no me tomen por anti-imperialista, yo soy más pity yankee que todos. Es sólo que hay que aceptar cuando las conductas aprendidas son producto de la masificación cultural. Y también hay que reconocer cuando son el resultado de nuestra locura estrogenística y ya. Sí, acabo de inventar la palabra estrogenística, no me importa lo que piensen de eso.

A mi por ejemplo me gustó siempre el chico lindo del colegio, el inalcanzable muñeco de torta por el que todas suspiraban. Pero con el paso del tiempo, y sus consecuentes estragos en mis gustos y preferencias, me vi un día de pronto enfrentada a una realidad nueva y excitante. Me gustaban los raros, los peludos, los tatuados y con pinta de trastornados. El rebelde con o sin causa. Preferiblemente músico, escritor o cineasta. Artista pues. Pelabola seguramente, pero muy sensible.

Había caído en la treta de los medios que empezaban a venderme a un loquito como Devendra Banhart como el ideal del hombre cool, del tipo chévere e incomprendido que en el fondo es un genio súper sexy.

A partir de ese momento tendrían que haberme mantenido alejada de cualquier espécimen masculino con la mirada perdida y vello facial, porque ahí empezaron todos mis problemas.

Por alguna extraña razón a las mujeres nos gusta creer que cada hombre es un diamante en bruto esperando ser pulido con amor y paciencia por nosotras. Que cada barbudo con pinta de intenso que cruza la calle distraído es en realidad un poeta o autor que no ha encontrado a su musa. Y ahí es que se nos jode la bicicleta.

Cada una de nosotras alberga en el fondo de su mentecita esculpida por el mix macabro de los cuentos de hadas y las telenovelas, la esperanza de ser inmortalizada en una canción, un poema, una pintura e incluso, en tiempos más modernos, en una foto. Pero no cualquier foto, sino la que será expuesta en algún saloncito sobrevaluado de la capital mientras un montón de pseudointelectuales la evalúan tocándose la barbilla y sorbiendo una copa de vino. Cualquier vino, porque ninguno sabe diferenciar los buenos de los malos en realidad.

Esos primeros meses al lado de tu artista, bohemio o intelectual serán sin duda un encanto. Te maravillarás con su enorme sensibilidad y su capacidad para ver la belleza en lo más inesperado. Una hoja que cae de un Araguaney, los ojos enloquecidos del mendigo que pide limosna en el semáforo o hasta el atardecer que se esconde detrás del Ávila.

Suspirarás con sus recuentos del último libro de algún autor impronunciable que acaba de atraparlo. Porque ni soñar con que lee a García Márquez o Cortázar o Vargas Llosa, eso es para las masas pseudoilustradas, no para los verdaderos intelectuales.

Y quizá por algunas semanas te vanagloriarás con tus amigas por la manera tan taciturna y adorable en la que se levanta luego de hacer el amor para fumarse un cigarrillo en el ventanal, viendo la luna, sin decir nada, en un intenso contacto consigo mismo.

Pero amiga mia, luego de tres meses – quizás seis si tienes mucha paciencia- querrás agarrar a tu artista, bohemio, sensible e ilustrado y jamaquearlo por los hombros para que aterrice y ponga un poco los pies sobre la tierra. Porque todas, y con eso quiero decir to-das, las mujeres de este país en algún punto queremos irnos ese fin de semana para Aruba a un Hotel All Inclusive, así sea a sacar los dólares. Nada de mochilear en hostales o caminar hasta Machu Pichu. Queremos ver una comedia romántica de Sandra Bullock o de Drew Barrimore, porque no sólo de cine de autor y festivales de cine vietnamita vive el hombre.

Te vas a hartar de ir a exposiciones absurdas, donde una instalación sin sentido muestra dos calzones de hombre colgados al lado de un cuadro de Warhol. Y nadie soporta más de tres domingos en una galería viendo el mismo cuadro repetido mil veces, todo blanco con algún manchón de pintura roja. “Que representa la ira del autor, obviamente”.

Y ahí, señoras y señores, es que una manda todo al carajo y se larga a una noche a bailar reguetón y beber cerveza en algún antro mal ventilado de Las Mercedes. A conseguirnos al Pedroso que nos lleve el fin que viene a Playa Pantaleta, en una Merú con calcomanía de Ruta’s. A beber polar ice en cava de anime, pero con un macho que nos ponga como trofeo al lado, bien agarrada de la cintura.

Luego, quizá, querremos encontrar al ejecutivo estrella que nos saque de abajo, o cualquier otro estereotipo masculino bien difundido. Cumpliremos los ciclos e iremos avanzando -con suerte- o seguiremos atrapadas en el círculo vicioso que Hollywood ha creado para nosotras. Es que, ya lo dije, ninguna de nosotras tiene idea de lo que quiere.

El marido mío


Un pequeño intercambio de tweets con un desconocido dio origen a esta nota. Todo empezó porque manifesté la ternura que me genera Luis Fernández cuando se autodenomina como elmaridodeMimíLazo. Así, todo pegado.

El desconocido en twitter me hizo una especie de “reclamo”, que no me tomo muy a pecho porque en la virtualidad la diplomacia es necesaria, y me dijo que el término marido le parecía chocante y vulgar. Resultado de una declaración de la iglesia que ha denigrado a las mujeres por 2000 años.

A mí, la verdad, no podría importarme menos el calificativo. Yo puedo ser – perfectamente- la mujer de alguien. O su novia. O su esposa. Hasta su amante. No le veo lo denigrante a ninguno de los términos.

A mi lo que me importa es que ese esposo – novio – marido – arrejunte me respete por lo que soy y por lo que hago.

Señores, por favor, no hay nadie menos católico ni menos machista que yo. Pero las cosas son muy sencillas. Yo soy hija, por lo tanto soy la hija de. Soy amiga, por lo tanto soy la amiga de. Soy empleada, por lo tanto soy la empleada de. Y soy mujer, por lo tanto –algún día – seré la mujer de.

Me recuerda la eterna discusión sobre los términos políticamente correctos de la sociedad actual. Ahora resulta que no hay enanos, sino gente pequeña. No hay personas con retraso mental, son especiales. Y no hay negros, sino afroamericanos o afrodescendientes. Citando a Sergio a.k.a BenitoDelicias: Bitches, please!.

Yo soy negra. Punto. A mí no me vengan con mariqueras.

Es casi tan ridículo como las gordas que prefieren describirse diciendo que tienen exceso de belleza.

Todo este alboroto porque me parece tierno que un hombre tenga suficientes cojones como para asumir en este país de meros machos que él es el marido de. Porque entiende que todos somos el algo de alguien. Sin importar géneros, edades ni afiliación al Country Club. ¿O es que no saben que cuando una señorita bien se casa pasa a ser inmediatamente María Auxiliadora Pérez-Casas de Gómez-Trujillo? Es la misma vaina que decir “Yo soy la mujer de”.

Háganse el favor de llamar cada cosa por su nombre. Los eufemismos no nos llevan a ninguna parte. Citando de nuevo, esta vez a mi cuñado el ilustre:

“Si tiene oreja e’ cochino, trompa e’ cochino y rabo e’ cochino…esa vaina es un COCHINO!”

Villa Diamante

Continuando con la saga de autores gays latinoamericanos, ahora quiero contarles acerca de la joya ibero-venezolana parida por nuestra vedette de exportación: Boris Izaguirre.

A Boris lo conozco de cuando me trasnochaba para ver Crónicas Marcianas. Por alguna razón me encantaba ese programa de “cotilleo” donde justamente se besaron este autor y el reseñado anterior. Corríjanme si me equivoco.

Lo primero que me sorprendió del libro fue su solapa. No tenía ni idea de que Boris tuviera tanta historia en el mundo de las telenovelas, ni que hubiera escrito tantos libros. Su pasado escribiendo melo-dramáticos se le nota en algunos pasajes bastante cursis de esta novela. A su protagonista sólo le faltó quedarse ciega o perder un bebé cayendo por unas escaleras.

Sin embargo, como sigo siendo una nenita, disfruté plenamente el libro a pesar de las advertencias masculinas que recibí. El dueño de la copia que leí no pudo terminarlo porque se puso “demasiado cursi”. Yo lo devoré porque caí en la famosa treta de dejar cada capítulo pendiendo de un hilo.

La historia de Ana Elisa es trágica y accidentada pero no se pone fastidiosa. Según yo. Y el trasfondo político y social en el que se desarrollan los hechos es tan interesante que cuando te empiezas a ladillar de la pobre mujer que sufre, la dejas de lado y te metes en el intrincado conflicto que envolvía a los venezolanos de mediados del siglo XX.

Dictadores, policías corruptos, persecución política y petrodólares sirven de marco a los personajes que Izaguirre nos muestra y describe. Aunque quizá se ponga muy insistente con la descripción. Provoca decirle “¡Ya!, me quedó claro que estos son malos y calculadores pero elegantes. No me lo digas más!

Impecable la fotografía de las altas esferas caraqueñas de los 40’s, 50’s y 60’s. Puedes ver como crece Caracas ante tus ojos a medida que pasas las páginas del libro. Múltiples referencias artísticas le harán simpáticos guiños a los lectores caraqueños. A mi por ejemplo me encantó leer sobre las expectativas que rodeaban a la construcción de mi amada Universidad Central, en aquella época en la que el este era aún territorio virgen de este valle congestionado.

Léanselo si les gustan los culebrones, la historia de Venezuela, el arte o la arquitectura. No defrauda en ninguna de las anteriores.




Aqui copio a la cordial Nina :
Esta reseña es parte del Club de Lectura para Bloggers que hemos armado un grupo de ocupados dueños de blogs y generadores de contenido para cualquier red social o canal de comunicación web, (muy, muy formal) interesados en cumplir esa vieja promesa de año nuevo: “leer más” y publicarlo para alimentar nuestro ego (digo yo) y el contador de visitas que está por allá abajo. En el muro del grupo se publica el libro que vamos a leer cada uno y la semana escogida se publica el link de la reseña. Si hay que ponerse de acuerdo para leer el mismo libro emplearemos los mecanismos de la democracia digital (muy, muy confuso) ya veremos.

Vamos a decírselo a todo el mundo

Mi primer encuentro con Jaime (yo lo trato de Jaime desde que somos panas) se remite a su faceta de entrevistador. Sin pensarlo dos veces puedo asegurar que mi entrevista de televisión favorita fue la que le hizo el peruano a Joaquín Sabina, en la que se les veía a los dos más que cómodos, tomando un trago y hasta echándose los perros. Pueden buscarla en Youtube.

Esa entrevista me encantó por su naturalidad y fluidez, porque a pesar de la obvia camaradería entre los dos el espectador no se siente fuera de lugar (nada peor que un chiste interno al aire) y porque Jaime logra contarnos la historia de Sabina sin que se note que es él y no el español el que lleva las riendas.

Con su libro No se lo digas a nadie no me pasó lo mismo. Puede ser porque soy menos complaciente al juzgar un libro que al juzgar cualquier otra cosa en la vida (excepto a los hombres, quizás).

Bayly me entretuvo, como no, con su casi-autobiografía de joven pudiente y homosexual en la puritana sociedad peruana. Sus anécdotas de drogas, sexo y demás excesos te atrapan sin que puedas evitarlo porque todos somos por naturaleza morbosos, pero en mi humildísima (e inexperta) opinión le faltó “algo” a sus diálogos y no me convenció la brusquedad de la temporalidad.

Para mí, es como si se hubiera sentado a recordar las historias más impactantes de su vida –que debe tener por montones-, las narró por separado (siempre poniéndoles picante para lograr incluso más shock) y luego le dijo a algún editor que las juntara ahí, como pudiera. Más que novela, podría ser una antología de cuentos.

Aún me falta ver la película, que dicen que es mejor, pero a pesar de mis observaciones lo recomendaría a cualquiera que disfrute de buenas historias. Sin intelectualidades ni moralejas.

Observación: abstenerse mojigatos y fanáticos religiosos. Este pana no come cuentos a la hora de darle duro a la iglesia (especialmente al Opus). Al papá lo pinta como un misógino alcohólico y a la mamá como una pendeja fanática.
Pura polémica, como nos gusta.



Aqui copio a la cordial Nina :
Esta reseña es parte del Club de Lectura para Bloggers que hemos armado un grupo de ocupados dueños de blogs y generadores de contenido para cualquier red social o canal de comunicación web, (muy, muy formal) interesados en cumplir esa vieja promesa de año nuevo: “leer más” y publicarlo para alimentar nuestro ego (digo yo) y el contador de visitas que está por allá abajo. En el muro del grupo se publica el libro que vamos a leer cada uno y la semana escogida se publica el link de la reseña. Si hay que ponerse de acuerdo para leer el mismo libro emplearemos los mecanismos de la democracia digital (muy, muy confuso) ya veremos.

Estos días de calor...

Hace falta como una piscinita, no?





Yo quiero esta!

Yo Propongo

Yo no sé a ustedes, pero a mi me ha pasado ya varias (que no tantas) veces lo mismo. Y me parece que si todos nos pusiéramos de acuerdo, los solteros la pasaríamos mejor y el mundo tendría un mejor equilibrio. Bueno, quizá lo del equilibrio del mundo es una exageración, pero es para hacerles entender lo importante que me parece esto que vengo a decirles.

Todos, y quiero decir TODOS, los que leen esto deben identificar la situación que a continuación describo. Si no como una experiencia propia, al menos como la de alguien cercano o conocido.

Situación
Persona 1 conoce a Persona 2.
Persona 1 y 2 se gustan.
Luego de una primera conversación de reconocimiento, Personas deciden intercambiar teléfonos y fijar una fecha para salir en una cita.
Llegado el día de la cita, Personas se acicalan, se perfuman, se fuman un par de cigarros esperando a... o yendo a buscar a... para matar la ansiedad.
Luego Persona 1 y 2 se sientan en un restaurant/café/bar/cine a conversar mientras comen y/o beben algo.
Se mienten un poco, leen el lenguaje corporal del otro, piensan "punto a favor" cuando escuchan algo que les agrada o "la estás cagando" cuando el otro manifiesta una opinión con la que no se coincide.
Si todo va bien, se sonríen mucho, se cuentan anécdotas y se propician un par de roces de manos/brazos/ piernas para saber si se siente el corrientazo.
Al finalizar la noche, se despiden (casi siempre dentro de un carro y frente a una puerta) y puede que se diga la siguiente frase: Estamos hablando.
Fin de la situación

Ajá. ¿Se reconocieron? Bien. Pero eso no es lo que nos incumbe ahora.

Esta tarde quiero llamar su atención sobre lo que ocurre después.

Si las dos personas se van sintiendo que ahí hay un chance de algo, es perfecto. Pasados dos días, vuelven a hablar y siguen saliendo hasta que tienen algo.

Si las dos personas se van sintiendo que perdieron su tiempo, y que el otro no es lo que esperaban, pues perfecto también. Se harán los locos para no llamarse más, y la próxima vez que coincidan fingirán demencia y aquí no ha pasado nada.

Peeeero (siempre el maldito pero), si Persona 1 se va en el primer escenario y Persona 2 en el otro: se jodió la bicicleta.

Alguien va a sufrir esperando la ansiada llamada de los dos días después, y alguien va a tener que ignorar mensajes o llamadas del tipo "qué más? qué estás haciendo?", hasta que el remitente caiga en cuenta de que no va pal baile. Y si el remitente es una jevita insistente o un pana desesperado, puede tardar bastante en darse cuenta.

Como podrán imaginar, yo misma he estado en la situación anterior. De ambos lados. Esperando la llamada que nunca llega, y en la difícil situación de hacer entender al pana (con diplomacia) que no me gustó y que no quiero volver a salir.

Por eso propongo acá que cambiemos los estatutos y seamos más pragmáticos. Al finalizar la cita pongámonos de acuerdo con honestidad.

Pana, en vez del ambiguo "estamos hablando", digamos de una vez: "aquí no pasa nada, así que mejor lo dejamos así" o "me sigues gustando, te llamo en dos días Y ES EN SERIO".

Es más, voy más allá y continúo proponiendo: si el caso es que no te gustó el otro, acepta llenarle una encuestica como la de los hoteles 5 estrellas y responde:

.-Qué fue lo que menos le gustó de Persona 2?
.- Cree usted que Persona 2 debe dejar de hablar tanto de sí misma?
.- De su ex?
.- De su mamá?
.- Le pareció apropiada la vestimenta de Persona 2 para una primera cita?
. - Qué le mejoraría?
.- Cree usted que Persona 2 está jodida y sigue así nunca va a estar en una relación?

Y para facilitar AÚN más las cosas, cerraría la encuesta con una perla del pragmatismo y madurez open minded:

.- Conoce usted a alguien a quien cree que sí podría gustarle Persona 2?
Por favor, desarrolle su respuesta con nombre, teléfono, dirección y breve descripción del posible candidato.

Muchas gracias por su valioso tiempo.

Aunque uno no tenga muchas ganas...

siempre quedarán motivos para sonreir:

hoy quise recolectar cositas que me hacen sonreir on Twitpic

Cosas que disfruto

Para mi Rubia comegalletas

(aunque esté a dieta)